INTRODUCCIÓN

DEL PISTACHO

EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

Gayo Plinio Segundo, geógrafo, naturalista y militar romano, así como procurador en Hispania alrededor del año 73, más conocido como Plinio el Viejo, en su famosísima obra “Nauralis Historia” (Historia Natural – XIII, 18; XV, 24), afirma que el árbol del Pistacho se introdujo en la Península Itálica por Lucio Vitelio el Viejo (35 d. C.), cónsul romano en la provincia oriental de Siria, bajo el mandato del emperador Tiberio (14-37 d. C.).

Pistacho Silvestre en montes de Siria

Desde Roma se difunde por distintas provincias del Imperio, como Sicilia, Chipre y, finalmente, llega a la provincia imperial de Hispania en el año 63 de nuestra era, de la mano de Pompeyo Craso.

Es durante la dominación árabe-musulmana (722-1492 d. C.) cuando alcanza este cultivo su gran apogeo, desarrollo y extensión en la Península Ibérica.

Llegó a ocupar notables áreas del sur ibérico (especialmente Andalucía).

El sabio e ilustrado musulmán Al-Awan, nacido en Sevilla entre los S. XII y XIII, y autor de un famoso tratado de agricultura de aquella época, ya referencia técnicas tradicionales para germinar las semillas de sus exquisitos frutos.

Con la expulsión definitiva de los musulmanes de España (la Reconquista) por los Reyes Católicos en 1492, los cristianos, antaño dedicados al arte de la guerra, tuvieron también que controlar y ordenar la agricultura –hasta ese momento en manos de los árabes- y comenzaron a eliminar sistemática y paulatinamente todos los árboles machos por no producir fruto –tan sólo polinizan a las hembras-.

Restos de antiguos y extensos cornicabrales (Pistacea terebinthus) en la Península Ibérica de origen antrópico (montes manejados desde tiempos inmemoriales por pastores y ganaderos para la extensión y propagación de la Cornicabra)

Posteriormente, las siguientes generaciones de agricultores cristianos, desconociendo la razón por la que los árboles anteriormente productivos –las hembras habían dejado de fructificar de forma tan repentina-, iniciaron su progresiva y definitiva eliminación que llevó a la total desaparición del Pistacho de la faz de la Península Ibérica, sin quedar referentes en la memoria histórica del campesinado, ni siquiera referentes toponímicos.
Fue esta simple cuestión biológica, el ser la única especie agronómica dioica de ambiente mediterráneo de aquella época (árboles machos y árboles hembras), lo que condujo a su inexorable extinción por parte de los despistados cristianos, antaño dedicados al oficio de las armas.
El nombre vernáculo del Pistacho en castellano antiguo era ALFÓNCIGO (del árabehispano alfústaq).
El Pistacho es un fruto y cultivo tan antiquísimo, que forma parte de los denominados árboles bíblicos, ya que es citado expresamente en el Libro de los libros -la Biblia- (Génesis, capítulo 43, versículo 11) en el relato en el que Jacob envía productos finos y exquisitos, entre ellos pistachos a José, administrador general del faraón de Egipto como regalo: “Les dijo su padre Israel: «Siendo así, hacedlo, llevaos de lo más fino del país en vuestras cestas y bajad a aquel hombre un regalo, un poco de sandácara, un poco de miel, almáciga y ládano, pistachos y almendras»”.

Ejemplar soberbio -y posiblemente único- de Pistacea terebinthus en la serranía del sur peninsular ibérico.

Ejemplar arbóreo de Cornicabra